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Chicos prodigiosos
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¿Cuánto tiempo puede un escritor huir del final de su propia historia antes de que lo atrape?
Grady Tripp lleva siete años intentándolo, escondido detrás de un manuscrito que se alarga como una broma sin remate. Y lo que Michael Chabon nos da en Chicos prodigiosos es el caos absoluto: una novela hilarante, desastrosa y, en el fondo, brutalmente honesta. Es la vida de un escritor sin el filtro romántico de Hollywood: no hay un genio taciturno tecleando su obra maestra en un fin de semana, sino un hombre que lleva años atrapado en un manuscrito que se ha convertido en un monstruo ingobernable de 2.600 páginas.
La historia sigue a Grady Tripp, un novelista en plena crisis: su matrimonio está en ruinas, su amante es la mujer de su jefe, su alumno estrella es un enigma con talento desbordante y su manuscrito —su maldito manuscrito� ha crecido hasta proporciones monstruosas sin que logre encontrarle un final. Todo esto se desarrolla en un fin de semana de excesos, secretos, decisiones cuestionables y una búsqueda absurda de significado en medio del desorden.
Pero Grady Tripp no es solo un escritor atrapado en una novela interminable, también es un fumeta funcional en el sentido más disfuncional posible: su vida es un enredo de malas decisiones, su narrativa es un laberinto de flashbacks y digresiones, y su novela... bueno, su novela es un monstruo que no deja de crecer. Pero aquí está el truco: a pesar de su neblina mental y su tendencia a convertir cada conversación en un desvío interminable, Grady es endiabladamente entretenido. Si vas a pasar 400 páginas atrapado en la cabeza de alguien que te narra en primera persona, más te vale que sea alguien con su nivel de desastre carismático.
Chabon construye la novela como un carrusel que no deja de girar, con una prosa ágil, mordaz y profundamente divertida. Chabon escribe con la agilidad de alguien que se ha tomado tres cafés y un whisky antes de sentarse al teclado: frases largas que se enroscan sobre sí mismas, comparaciones afiladas como navajas y un sentido del humor que no da tregua. Pero lo mejor de todo es cómo consigue que la sátira nunca se convierta en crueldad: incluso en sus momentos más ridículos, Grady Tripp es un desastre entrañable, alguien a quien no podemos evitar querer.
Su estilo es puro deleite: una mezcla de lirismo y sátira que captura a la perfección la absurda vida de los escritores y su propensión a la autodestrucción elegante. La ironía y el humor impregnan cada página, pero lo realmente impresionante es cómo, entre chistes y desventuras, se cuela una melancolía sutil: la historia de alguien que, en algún momento, perdió el rumbo sin siquiera darse cuenta. Si has leído Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Ver reseña aquí) notarás que Chicos prodigiosos es menos ambiciosa en términos de alcance, pero igual de envolvente. No está aquí para contarte la gran epopeya americana, sino para sumergirte en un desastre existencial con el que es difícil no empatizar.
La novela se desarrolla en un espacio de tiempo breve, lo que le da un ritmo implacable. Es un fin de semana de caos sin frenos, un carnaval literario de borracheras, secretos mal guardados y cadáveres —literales y figurados� en el maletero. A cada giro de página, Grady Tripp se mete en un problema más grande, y la genialidad de Chabon radica en hacer que todo parezca natural, como si la vida de su protagonista estuviera gobernada por las leyes de la comedia negra. La estructura es aparentemente desordenada, pero en realidad está cuidadosamente tejida para que cada enredo impulse la historia hacia adelante.
Si alguna vez has conocido a un escritor —o has sido uno�, esta novela te hablará en un nivel casi personal. Chicos prodigiosos es, en el fondo, una carta de amor y sátira a la vida literaria, con todos sus delirios de grandeza, inseguridades y absurdos. Es un retrato despiadado de esa tribu de escritores que se pasean por festivales con manuscritos interminables y promesas editoriales que nunca se cumplen. La historia de un hombre que se aferra a una obra inconclusa como si fuera su último refugio, cuando en realidad es su mayor cárcel. Pero lo que hace que Chicos prodigiosos sea tan memorable no es solo su ingenio o su sátira literaria, sino su humanidad. En el fondo, es una historia sobre el miedo a dejar ir, sobre lo difícil que es aceptar que el talento no siempre es suficiente y que, a veces, lo prodigioso no es escribir sin parar, sino saber cuándo poner el punto final. Porque si algo demuestra esta novela es que el arte de contar historias no tiene que ver solo con la ambición o el alcance, sino con la claridad con la que eres capaz de plasmar el caos de la vida. Y en eso, Chabon aquí está en su mejor momento.
En la mayoría de sus libros, Chabon equilibra sus obsesiones —el género, la identidad judía, la raza� con un amor casi fetichista por el lenguaje florido y una pulsión por dejar mensajes en neón sobre la experiencia humana. Pero Chicos prodigiosos es distinto. Quizá es la novela en la que más te sumerges sin sentir que el autor está guiñándote el ojo desde las sombras. Habla de arte, creación, adicción, sexo, envejecimiento, pero lo hace con una fluidez desarmante, sin el peso de la vanidad. Es su disco perdido, su novela menos complaciente y, sin embargo, tal vez la más genuina.
¿Recuerdas ese anuncio de Pirelli? ¿Cómo era? ¿”La potencia sin control no sirve de nada�? Era algo así, ¿no? Pues mira, con Chicos prodigiosos aprenderás que el talento sin control puede ser un laberinto del que es imposible salir. Y que, a veces, lo más prodigioso no es escribir una gran historia, sino tener el valor de terminarla.
Si alguna vez has sentido que la vida es un manuscrito sin editar lleno de notas al margen y capítulos que no llevan a ninguna parte� bueno, bienvenido al mundo de Grady Tripp. Y bienvenido a Chicos prodigiosos, una de las novelas más divertidas y devastadoramente honestas sobre el arte de narrar� y el de perderse en el intento.
Grady Tripp lleva siete años intentándolo, escondido detrás de un manuscrito que se alarga como una broma sin remate. Y lo que Michael Chabon nos da en Chicos prodigiosos es el caos absoluto: una novela hilarante, desastrosa y, en el fondo, brutalmente honesta. Es la vida de un escritor sin el filtro romántico de Hollywood: no hay un genio taciturno tecleando su obra maestra en un fin de semana, sino un hombre que lleva años atrapado en un manuscrito que se ha convertido en un monstruo ingobernable de 2.600 páginas.
La historia sigue a Grady Tripp, un novelista en plena crisis: su matrimonio está en ruinas, su amante es la mujer de su jefe, su alumno estrella es un enigma con talento desbordante y su manuscrito —su maldito manuscrito� ha crecido hasta proporciones monstruosas sin que logre encontrarle un final. Todo esto se desarrolla en un fin de semana de excesos, secretos, decisiones cuestionables y una búsqueda absurda de significado en medio del desorden.
Pero Grady Tripp no es solo un escritor atrapado en una novela interminable, también es un fumeta funcional en el sentido más disfuncional posible: su vida es un enredo de malas decisiones, su narrativa es un laberinto de flashbacks y digresiones, y su novela... bueno, su novela es un monstruo que no deja de crecer. Pero aquí está el truco: a pesar de su neblina mental y su tendencia a convertir cada conversación en un desvío interminable, Grady es endiabladamente entretenido. Si vas a pasar 400 páginas atrapado en la cabeza de alguien que te narra en primera persona, más te vale que sea alguien con su nivel de desastre carismático.
Chabon construye la novela como un carrusel que no deja de girar, con una prosa ágil, mordaz y profundamente divertida. Chabon escribe con la agilidad de alguien que se ha tomado tres cafés y un whisky antes de sentarse al teclado: frases largas que se enroscan sobre sí mismas, comparaciones afiladas como navajas y un sentido del humor que no da tregua. Pero lo mejor de todo es cómo consigue que la sátira nunca se convierta en crueldad: incluso en sus momentos más ridículos, Grady Tripp es un desastre entrañable, alguien a quien no podemos evitar querer.
Su estilo es puro deleite: una mezcla de lirismo y sátira que captura a la perfección la absurda vida de los escritores y su propensión a la autodestrucción elegante. La ironía y el humor impregnan cada página, pero lo realmente impresionante es cómo, entre chistes y desventuras, se cuela una melancolía sutil: la historia de alguien que, en algún momento, perdió el rumbo sin siquiera darse cuenta. Si has leído Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Ver reseña aquí) notarás que Chicos prodigiosos es menos ambiciosa en términos de alcance, pero igual de envolvente. No está aquí para contarte la gran epopeya americana, sino para sumergirte en un desastre existencial con el que es difícil no empatizar.
La novela se desarrolla en un espacio de tiempo breve, lo que le da un ritmo implacable. Es un fin de semana de caos sin frenos, un carnaval literario de borracheras, secretos mal guardados y cadáveres —literales y figurados� en el maletero. A cada giro de página, Grady Tripp se mete en un problema más grande, y la genialidad de Chabon radica en hacer que todo parezca natural, como si la vida de su protagonista estuviera gobernada por las leyes de la comedia negra. La estructura es aparentemente desordenada, pero en realidad está cuidadosamente tejida para que cada enredo impulse la historia hacia adelante.
Si alguna vez has conocido a un escritor —o has sido uno�, esta novela te hablará en un nivel casi personal. Chicos prodigiosos es, en el fondo, una carta de amor y sátira a la vida literaria, con todos sus delirios de grandeza, inseguridades y absurdos. Es un retrato despiadado de esa tribu de escritores que se pasean por festivales con manuscritos interminables y promesas editoriales que nunca se cumplen. La historia de un hombre que se aferra a una obra inconclusa como si fuera su último refugio, cuando en realidad es su mayor cárcel. Pero lo que hace que Chicos prodigiosos sea tan memorable no es solo su ingenio o su sátira literaria, sino su humanidad. En el fondo, es una historia sobre el miedo a dejar ir, sobre lo difícil que es aceptar que el talento no siempre es suficiente y que, a veces, lo prodigioso no es escribir sin parar, sino saber cuándo poner el punto final. Porque si algo demuestra esta novela es que el arte de contar historias no tiene que ver solo con la ambición o el alcance, sino con la claridad con la que eres capaz de plasmar el caos de la vida. Y en eso, Chabon aquí está en su mejor momento.
En la mayoría de sus libros, Chabon equilibra sus obsesiones —el género, la identidad judía, la raza� con un amor casi fetichista por el lenguaje florido y una pulsión por dejar mensajes en neón sobre la experiencia humana. Pero Chicos prodigiosos es distinto. Quizá es la novela en la que más te sumerges sin sentir que el autor está guiñándote el ojo desde las sombras. Habla de arte, creación, adicción, sexo, envejecimiento, pero lo hace con una fluidez desarmante, sin el peso de la vanidad. Es su disco perdido, su novela menos complaciente y, sin embargo, tal vez la más genuina.
¿Recuerdas ese anuncio de Pirelli? ¿Cómo era? ¿”La potencia sin control no sirve de nada�? Era algo así, ¿no? Pues mira, con Chicos prodigiosos aprenderás que el talento sin control puede ser un laberinto del que es imposible salir. Y que, a veces, lo más prodigioso no es escribir una gran historia, sino tener el valor de terminarla.
Si alguna vez has sentido que la vida es un manuscrito sin editar lleno de notas al margen y capítulos que no llevan a ninguna parte� bueno, bienvenido al mundo de Grady Tripp. Y bienvenido a Chicos prodigiosos, una de las novelas más divertidas y devastadoramente honestas sobre el arte de narrar� y el de perderse en el intento.
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Chicos prodigiosos.
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Reading Progress
August 2, 2021
– Shelved
August 2, 2021
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January 8, 2023
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Started Reading
January 13, 2023
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Finished Reading